La crisis internacional y los distritos productivos

Especial para POLÍGONOS, por Lisandro Mogliati.- Soluciones financieras coyunturales no logran encausar la crisis estructural de las naciones europeas. Potenciar la especialización industrial en sus distritos productivos y abordar la cuestión social constituyen una llave para avanzar en la resolución favorable de una Europa unida y cohesionada.
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Por Lisandro MOGLIATI* - l_mogliati@hotmail.com
 
REVISTA POLÍGONOS, 1 de enero de 2011.- Para todos los que hemos estudiado comercio internacional, nos era inevitable tener que analizar el proceso de conformación de la actual “Unión Europea”, como ejemplo integracionista pacificador y de reconstrucción de la Europa de posguerra, que a la vez inspiraba la creación de nuevos acuerdos programáticos entre naciones, tendientes a confluir en espacios comunes de integración regional, básicamente vinculados con la eliminación de aranceles y trabas al comercio recíproco, entre los países que integraban cada uno de los procesos, que con menos éxitos que fracasos se han experimentado en todos los continentes.
 
En América Latina se han diseñado procesos de integración regional, el más cercano al conocimiento popular es el MERCOSUR, conformado sobre la base del “regionalismo abierto”, que contiene en su bagaje ideológico al “libre comercio”, signado por esa búsqueda de la eficiencia que debería garantizar una desmesurada competencia internacional para las industrias y la producción, a partir de la apertura de la economía.
Más allá de estos postulados teóricos, los países que adhieren a acuerdos de integración (sobre todo en procesos de crisis internacional) terminan por obrar en sentido inverso a la apertura que esgrimen y en vez de abrir, suelen cerrar su economía para beneficiar con protección para-arancelaria a la producción nacional.
 
Volviendo a la U.E, su proceso de integración fue mucho más allá que el MERCOSUR en los objetivos planteados y alcanzados gradualmente durante más de seis décadas.
Luego del “Informe Delors” en 1988, el Consejo Europeo decidió avanzar en el acuerdo, profundizando al máximo la integración, alcanzando la Unión Económica y Monetaria, que prevé (entre muchas otras medidas) la eliminación de las monedas nacionales y su reemplazo por el Euro.
 
La instauración de la moneda común se alcanzó a partir del año 1.999 como valor de referencia a través de una conversión irrevocable (es decir que los países unilateralmente ya no pueden modificar el valor de la moneda) y a partir del año 2.002 comenzaron a circular billetes y monedas del Euro, en reemplazo de las históricas monedas europeas en la mayoría de los Estados que adhirieron a los tratados constitutivos de la UE.
 
Esta cesión de soberanía nacional que los países europeos que adoptaron el euro delegaron en organismos supranacionales, como es el caso del Banco Central Europeo, encorsetó el poder de maniobra de las economías nacionales, que no cuentan ya con la posibilidad de corregir asimetrías vía la depreciación del tipo de cambio, logrando inversamente que la moneda común se fortalezca frente al dólar y a otras divisas internacionales, situación que fue socavando la competitividad de las exportaciones en términos de precios relativos de la “Eurozona”, más allá de las cuestiones estructurales que viene sufriendo Europa en su organización económica, productiva y social que yacían ocultas tras el aparente éxito inicial del euro.
 
La ampliación de la UE, dadas las asimetrías de las economías de “los 27” miembros, es otro condicionamiento para que la crisis actual se pueda superar con éxito, en su momento el ingreso de países con menor desarrollo relativo a la UE (como por ejemplo algunas de las ex repúblicas soviéticas) terminó favoreciendo la deslocalización empresarial de países como España, Italia o Francia con un mayor nivel de desarrollo, con destino a los nuevos miembros que recibieron IED (Inversión Extranjera Directa) en función de los menores costos de producción y mano de obra.
 
Esta situación coadyuvó a la reducción de la tasa de empleo, nivelando hacia abajo los salarios que sumado a la fuerte inmigración latina, asiática y africana que presenta la UE, conjuntamente al envejecimiento de la población europea y las cargas sociales que ello implica, fueron generando un combo explosivo que contribuyó al déficit público de varios de miembros de la UE, que comenzaron a superar las previsiones que establece el “Pacto de Estabilidad y Crecimiento” de la Unión Europea  que prevé que cualquier déficit no debe extenderse por encima del 3 % del PBI.
 
Es decir que el problema de la UE no es sólo una coyuntura económico-financiera, padece en realidad una situación crónica que está emparentada con un déficit estructural basado en una problemática social endémica, vinculada a una ostensible reducción del estado de bienestar al que estaba acostumbrado el europeo medio y debido a la falta de oportunidades para los jóvenes y su acceso al empleo.

La UE atraviesa entonces dos problemas centrales, uno de ellos, como ya lo hemos experimentado en la Argentina y en varios países en vías de desarrollo, es un ataque predatorio del “loby” de la especulación financiera internacional, que tiene entre sus garras a una presa mal herida y presiona a fondo sin medir demasiado las consecuencias en un mundo global con mercados interconectados, tratando sacar el mayor provecho de esta crisis.
El otro problema, más estructural por cierto, es un inminente y necesario re-diseño del Tratado de Maastrich (que dio paso a la consolidación de la Unión Europea), lo cual permitiría corregir asimetrías y hacer de la UE un territorio competitivo y que por sobre todas las cosas, respete el contrato social, que fue la verdadera motivación por la cual se comenzó a pensar hace más de 60 años la unidad de las naciones europeas.

De esta crisis, no se emerge con más salvatajes, blindajes o renegociación de deudas, la salida estructural está encaminada a profundizar el desarrollo regional de Europa, a través de un fuerte estímulo a la producción y a la industria, que tiene intactas sus potencialidades de continuar siendo la referencia internacional, en cada una de las especializaciones productivas, que caracterizan a sus distritos industriales que han posicionado internacionalmente a esa Europa del milagro, reconstruida tras el Plan Marshall.
 
La crisis y los parques
 
La deslocalización empresarial de los aglomerados industriales de las naciones más avanzadas se profundizó en el seno de la UE tras la apertura y adopción de la Unión Económica y Monetaria, estas inversiones se fueron reorientando con destino a los países de menor desarrollo relativo que fueron integrándose a la UE y que presentan menores costos laborales que los países de mayor desarrollo relativo.
 
Esta situación contribuye a que los niveles de empleo de países como España, Italia e incluso Francia (en menor medida) estén reduciéndose en forma gradual y progresiva por la falta de competitividad en términos relativos a costos y salarios, sufriendo así un mayor desplazamiento de las unidades productivas y un fuerte debilitamiento de los distritos y “clusters” industriales europeos clásicos, que caracterizan la arquitectura productiva de la “Vieja Europa.”
 
Lisandro Mogliati es Licenciado en Gestión de Negocios Internacionales y Vinculador Tecnológico de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la provincia de Buenos Aires
 

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